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domingo, agosto 16

Un gran aliado, que nunca nos dejará solos.


Desde que tengo unos 3 meses de edad, visito el mar frecuentemente.
Lo primero que conocí fueron las playas de Quequén. Desde que tengo uso de razón, las playas de Quequén fueron y son muy mansas y extensas. A los 3 años, recuerdo que pasé las fiestas de navidad y año nuevo en una casa alejada del tumulto de la capital porteña. Era un caserón llamado ‘’ La Ponderosa’’, ésta tenía muchas habitaciones y un precioso jardín en la parte delantera. Estaba ubicada a una cuadra del mar. Todas las noches salíamos con mi familia a la vereda, a escuchar el ruido del mar. Esto, era obviamente algo hermoso, único e irrepetible. Con mis hermanos y sus amigos, hacíamos fogones en la playa. Esas fueron las primeras vacaciones de mi vida, fue para mí una experiencia en mi vida que jamás se borrará, o por lo menos procuraré no hacerlo. Esa casa quedó sellada en mi alma. De vez en cuando paso por la puerta del caserón y es inevitable, que hermosos recuerdos pasen por mi mente. Cerca de allí hay un enorme faro, de 398 escalones, los conté yo mismo. La vista desde allí es como la de un cuento de hadas, completamente inexplicable. Se puede observar toda la bahía Necochense y hasta la de Quequén mismo. Cada vez que visito esos pagos, subo el faro una y otra vez, contento y feliz con la expectativa de ver algo nuevo, como si fuese la primera vez. Luego de unos años visitando continuamente las fenomenales playas de Quequén, conocí Necochea. Hasta el lugar más recóndito de aquella ciudad visité. Desde los 5 años que voy allí, y es el día de hoy que tengo mis bien vividos 14 años, y no me canso de observar el mar. Las olas son bellísimas. El color del mar es cian oscuro, con pequeñas tonalidades de verde. Las olas están adornadas con la blanquísima espuma, que cuando hay mucho viento cae sobre nuestros rostros simulando nieve. Es algo que nunca podría explicar con palabras lo que me sucede cuando visito esa ciudad. Es una paz total. Eso es algo que no se consigue muy a menudo en la mayoría de las personas. Todos y cada uno de los 365 días del año el mar está diferente. Completamente diferente. Todas las tardes que puedo, cuando estoy en Necochea, me siento en el médano más alto de la ciudad y lo observo detenidamente. Es algo imponente. Uno, o por lo menos pienso y me asombro de lo que Dios creó, la dimensión que tiene, los secretos que debe ocultar el mar, los misterios de la vida, que jamás se darán a conocer. Por ahora solo me conformo con admirarlo y nunca jamás dejar de admirarlo. Pero me siento completamente feliz de saber que particularmente yo, tengo un aliado, que siempre curará mis penas y nunca me dejará solo.

Esto me hace pensar que la felicidad uno la tiene frente a sus ojos, y que siempre cree que está en algo grande y maravilloso, pero uno debe intentar hallar la relaidad en las cosas mas simples. En un abrazo, en un te quiero, en una sonrisa. Solamente hay que saber buscarla

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